LA
ENVIDIA
Había una vez en el
fondo del mar una escuela en donde asistían Bárbara, la ballena; Marina, la
tortuga; Delfina, la delfín, entre muchos otros; Bárbara era muy amiga de Delfina;
Bárbara era muy bonita, venía de una buena familia con una excelente posición
económica y era muy inteligente, cosa que no era Marina, pues ella a pesar de
ser también muy bonita siempre había envidiado a Delfina, pues ella quería todo
lo que Delfina tenía. Un día Delfina y Bárbara estaban planeando la gran fiesta
de Delfina, ya que iba a cumplir sus XV años. En cambio, Marina no tendría
fiesta porque su familia era muy pobre y no tenían dinero para hacerle una
fiesta.
Cuando Delfina invitó a
Marina, ella se puso furiosa pues no le pareció que Delfina sí tuviera fiesta y
ella no, por lo que ideó un plan para arruinarle ese día tan especial; este
consistía en que el día de la fiesta llegaría a la casa de Delfina con el
pretexto que ser la primera en felicitarla y cuando llegara el momento adecuado
iría al lugar donde se encontraría el vestido que usaría Delfina y lo rompería
en pedazos, su plan salió a la perfección, pero Delfina la cachó, en ese momento
Delfina le preguntó el porqué lo había hecho, pero Marina se quedó callada,
entonces la delfín le volvió a preguntar el porqué había roto el vestido que
había comprado para ella. Delfina sabía
que Marina no tenía dinero para comprarse un vestido por eso le había comprado
uno, cuando Marina se enteró de esto se sintió muy mal y comprendió que la enviada nunca deja nada bueno.
Autores:
Diana
Laura Espindola Clemente
INFIDELIDAD
El rey león era el
animal más ocupado de toda la selva y sus alrededores, tenía una esposa
bellísima llamada Lea, una leona con pelaje reluciente, unas patitas lindísimas
y una boquita preciosa, además era afable y dadivosa con todos los animales de
la selva.
Un día de aquellos que
parecen interminables de tanto trabajo el rey caminaba rumbo a su palacio,
cuando vio a lo lejos a una leona joven bañándose en el río, la leona se
percató de que el rey la miraba y continúo bañándose, pero aumentó su
sensualidad y coquetería.
Este mismo suceso se
repitió constantemente, cada vez el rey león procuraba llegar más temprano para
observar de lejos la belleza de la joven leona. En esos días Lea enfermó por un
largo rato, así que el rey no podía dormir a su lado. El rey al estar harto de
la enfermedad de su esposa decidió que al regreso de su jornada de trabajo iría
a bañarse con la joven leona. Y así sucedió, el rey llegó al río, procurando
que nadie lo viera, allí estaba la leona más seductora que de costumbre; aquel
río fue testigo de lo que sucedió; bueno no solo el río, sino también la señora
pantera y doña coneja, las cuales no dudaron en dar voces a todo el reino
diciendo: - ¡Rey infiel! ¡Rey infiel! su
corona ha de caer.
Esto llegó a oídos de la
reina Lea, la cual de la tristeza falleció. Todo el reino se unió enfurecido
por tal acto indecente, destronaron al rey y en su lugar el nuevo rey de la
selva sería el hermano mayor de la joven leona.
El antiguo rey se quedó
sin nada y solo, sin reino, sin amor y todo por una simple tarde en aquel río.
Autores:
Andrea
Vidal Romero
EGOÍSMO
Ellas
eran un grupo de bonitas conejitas que iban jugando y brincando por el bosque,
disfrutando de unas zanahorias que habían recogido de un terreno.
Justo
cuando llegaban a su casita que estaba en el campo, se percataron de una nueva
conejita justo de su edad que había llegado al lugar a vivir.
Era
una conejita muy bonita y parecía amigable, las conejitas se preguntaron:
-¿Cómo se llamará?
-No sé, se ve que es buena onda.
-Y si le hablamos.
-Hay que darle una de nuestras
zanahorias.
-¡Sí, vamos!
El
grupo de conejitas se acercaron y le dijeron.
-¿Cuál es tu nombre?
-No te voy a decir.
-¿Por qué no?
-Porque es mío.
Al
parecer la conejita no quería decirles su nombre creía que se lo iban a robar
aquellas conejitas.
Las
chicas se sintieron ofendidas y se fueron, después un día en el campo
encontraron un gran manojo de zanahorias, y la conejita que no quiso decirles
su nombre quería comer, entonces les inquirió a las otras conejitas.
-¿Puedo tomar una cuántas?
-Mmm…- pensaron.
-Por favor, no he comido en
días.
-Está bien, solo si nos dices tu
nombre.
-Es que no quisiera que me lo
robaran, así que no les diré.
Las
conejitas se sintieron más ofendidas todavía y respondieron.
-Nosotras
tenemos nuestro propio nombre y no robaríamos el tuyo porque el nuestro nos
gusta mucho, a nosotras solo nos gusta robar zanahorias. Rieron.
Ellas
se fueron y la pobre conejita se quedó sola, y cuando regreso a su casa, en la
entrada vio un manojo pequeño se zanahorias. Ella comprendió el valor y el
significado de compartir y entendió que no por el simple hecho de decir su
nombre, se lo iban a robar las otras conejitas. Así que las buscó y les pidió
perdón, las conejitas aceptaron, pero siguieron con la duda de cómo se llamaba
aquella conejita, y ella respondió, mi nombre es Malú.
Autores:
Elizabeth
Rosas Flores
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