Y un día se
fue
En la ciudad de New York en la
cual las clases sociales marcaban cierta diferencia en todo lugar, en especial
la familia D’ Arman, ya que era una de las familias más prestigiadas y
adineradas; Mst. D’ Arman dueño de World Center, viudo y con una única y
pequeña hija Darla. El señor vivía obsesionado en proteger y brindarle un
futuro prometedor a su pequeña, su trabajo lo absorbía casi por completo, a su
vez también trataba de olvidar el dolor que le provocaba el recuerdo de su
esposa.
Darla llevaba una vida normal,
como todos las niñas de su clase, con todo lo necesario, pero por una ausencia
de cariño especial por falta de su padre y de su madre fallecida, se refugiaba
en un mundo imaginario, donde sus padres siempre estaban con ella, su madre
cantándole las dulces canciones de cuna y Darla diciéndole a su padre “papi
eres mi héroe” y lo que más deseaba, escuchar a su padre decir “te amo mi
pequeña princesa y nunca te dejaré sola”. Darla amaba ese mundo más que a todas
las cosas que tenía en su triste, pero lujosa realidad, porque podrían quitarle
todo lo que poseía menos su mundo anhelado.
Al principio Darla permanecía
unos instantes en su mundo, pero conforme la ausencia de su padre aumentaba,
ella prefería pasar horas y horas en su mundo; a tal grado que al pasar los
años ella ya no encontraba alguna razón para volver al mundo real, y un día
decidió no volver, su padre al percatarse de una ausencia total en el pequeño
cuerpo de su pequeña, buscó ayuda con innumerables doctores en varios países
del mundo, pero ni todo su dinero logró traer a Darla de vuelta, y él se dio
cuenta que también la había perdido.
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